Uber, Cabify y otras ‘apps’: ¿Modelo laboral del futuro… o del pasado?

Lo presentan como lo nuevo, lo digital, lo moderno, contra lo anacrónico, lo burocrático, lo pasado de moda. La magia frente a la transparencia, el monopolio enfrentado a la libre competencia, en fin los taxis contra Uber.

Pero como casi toda promoción, realmente no es lo que parece.

Uber es una multinacional que no está regulada de ninguna manera y apenas tributa en los países donde ópera. En España Uber cotiza como aplicación y no como empresa de transporte, por eso tributa una cifra irrisoria.

Cabify opera de forma similar. Su sede está en Estados Unidos, en Delaware. Aunque no es reconocido oficialmente como un paraíso fiscal, opera de forma tan parecida que solo le falta ser una isla y tener caimanes.

En esos modelos de servicio de transporte, los conductores no cobran por jornada, sino por servicio. Aportan coche, gasolina y corren con los gastos administrativos y fiscales derivados de su actividad.

Si, gastos fiscales porque Uber no paga casi impuestos, pero sus chóferes sí. En promedio ganan la mitad que un taxista, por lo que lógicamente terminan trabajando más horas. Y no eligen trabajar así, trabajan así porque en el mercado laboral no encuentran nada mejor. O mejor dicho nada menos malo.

Es más cómodo y económico para el usuario claro, igual que es más cómodo y económico comprar una camisa hecha por un niño en Bangladesh, que por un adulto afiliado a un sindicato en Francia. Pero dejando de lado este aspecto, estas iniciativas terminan fagocitando a la competencia hasta que logran hacerse con el monopolio y entonces por arte de magia los precios suben.

De inicio todo suena muy bonito, ¿recuerdan Airbnb? ¿Para qué reservar un hotel si puedo pasar unos días en el apartamento que alguien deja libre?, ¿y en que desembocó? en la subida vertiginosa de los precios de apartamentos usados por turistas de alto poder adquisitivo, hasta hacerse impagables para los habitantes de la propia ciudad.

Estamos ante una falsa economía colaborativa que se basa exclusivamente en aprovechar primero y profundizar después la precariedad. Un modelo laboral que muchos defienden para los demás, pero que ni locos aceptarían para sí mismos.

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